Durante años, SaaS tuvo una ventaja simple: alguien más construía el software, lo mantenía y se ocupaba de que siguiera funcionando.

La IA cambia la primera parte de esa ecuación. Cada vez más, podemos construir nosotros mismos la interfaz. Podemos generar código, automatizar procesos y ensamblar aplicaciones que antes requerían un proveedor y una suscripción mensual.

Pero eso no hace desaparecer al servicio.

ChatGPT, Claude, Suno y una creciente generación de plataformas nativas de IA muestran por qué. Su valor no está principalmente en la interfaz, sino en la capacidad que existe detrás: modelos, cómputo, infraestructura, datos, orquestación, confiabilidad y mejora continua.

La IA puede debilitar a aquellos productos SaaS cuya principal ventaja era simplemente ser dueños del software.

Al mismo tiempo, fortalece un modelo completamente distinto: servicios que ofrecen algo mucho más difícil de reproducir que una aplicación.

Podemos construir el software.

Por lo que cada vez más pagamos es por la máquina que hay detrás.

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