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Diseñar Para la Presión

Cerebros del Pleistoceno en la edad de la IA: cómo diseñar para una hormesis productiva.

Maria Scarano Semana 10 Read in English
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abstracto hombre presión
AI assisted/generated image

Durante décadas, el diseño trató la fricción como un defecto. Menos pasos, menos clics, menos esfuerzo: el flujo sin resistencia como la cima del oficio. Cada versión de una interfaz se medía por cuánto trabajo conseguía sacarle de encima a la persona. La inteligencia artificial lleva esa lógica hasta el final: ya no elimina pasos, empieza a eliminar el pensamiento. Redacta, resume, decide, sintetiza. Y la promesa es difícil de rechazar, porque nadie extraña el trabajo tedioso. Quitar esfuerzo se siente, casi siempre, como un progreso.

Pero hay un punto donde esa lógica se quiebra, y la neurociencia empezó a nombrarlo. El neurólogo Richard Cytowic lo dice sin vueltas: tenemos un cerebro con límites reales, metabólicos y atencionales, frente a un ambiente que los desborda por diseño. La estimulación constante de las pantallas supera una arquitectura que nunca fue moldeada para ese volumen. No es que el cerebro esté congelado en la edad de piedra, como sugiere el título de su libro; es que la cultura y la tecnología cambian mucho más rápido de lo que la biología puede seguir, y esa diferencia de velocidades nos deja crónicamente sobreestimulados. Su receta es coherente con su diagnóstico: usar la tecnología menos, proteger la atención, recuperar el silencio. Y tiene razón en la mitad que ve.

Porque hay otra mitad. No todo esfuerzo es sobrecarga. Cierta fricción no es el obstáculo al valor: es el mecanismo por el que el valor aparece. Leer un libro y leer su resumen transmiten información parecida, pero solo uno te transforma, y lo que te transforma es justamente el trabajo que el otro te ahorra. Si eliminamos toda la fricción no obtenemos una mente más sana; obtenemos una mente sin entrenar. Y ahí la pregunta del diseño se da vuelta entera. Deja de ser cómo quitamos el esfuerzo y pasa a ser cuál esfuerzo conviene conservar, y en qué dosis.

La dosis hace el veneno

Hay una palabra vieja, prestada de la toxicología, que ordena todo este problema: hormesis. Describe algo que al principio suena contradictorio. Una dosis baja de algo que en dosis alta sería dañino puede volverse beneficiosa. El ejercicio es estrés controlado para el músculo, y por eso lo fortalece. El ayuno es una carencia medida que activa mecanismos de reparación. Una vacuna es una amenaza en miniatura que entrena al sistema inmune. En todos los casos, lo que adapta no es la ausencia de estrés ni su exceso, sino la dosis justa, aplicada con control y seguida de descanso.

La fricción cognitiva funciona igual. Y esto resuelve una contradicción que, si no la vemos, hace estallar el argumento por dentro. Estoy diciendo dos cosas a la vez: que necesitamos más fricción y que ya vivimos sobrepasados de estímulo. Las dos son ciertas, porque no todo estrés es el mismo. El que adapta es agudo, acotado, con control y con recuperación. El que enferma es crónico, difuso, sin pausa. La sobreestimulación que describe Cytowic, las notificaciones, el feed infinito, las alertas, es exactamente la segunda clase: carga sin descanso. La fricción que defiendo es la primera: el rato difícil de sentarse a entender algo, que empieza y termina, y del que se sale habiendo aprendido.

Visto así, Cytowic no está equivocado; está describiendo una sola mitad de una curva. Su insistencia en el silencio, que él llama un nutriente esencial, encaja perfecto del otro lado: el silencio es la fase de recuperación sin la cual ningún esfuerzo llega a adaptar. El músculo no crece durante la serie, crece en el descanso. Un buen sistema no debería tener que elegir entre exigir y dejar respirar. Debería hacer las dos cosas, en ritmo.

Para el diseño, esto cambia la pregunta. Durante años medimos el éxito por reducción: menos fricción, menos carga, menos tiempo. La hormesis sugiere que el objetivo no es minimizar el esfuerzo sino calibrarlo. No cero fricción, que atrofia. No fricción infinita, que abruma. La dosis del medio, la que hace trabajar sin quebrar.

Lo que saben los extremófilos

Este principio es mucho más viejo que cualquier interfaz. Es, en cierto sentido, la manera en que funciona la vida.

En los lugares más hostiles del planeta, fuentes hidrotermales a temperaturas que cocinarían a cualquier otra criatura, lagos tan salados o tan ácidos que parecen estériles, viven organismos llamados extremófilos. Lo interesante no es que sobrevivan a esas condiciones a pesar de todo. Es que están hechos para ellas: su bioquímica se moldeó, generación tras generación, empujada por esa misma presión. El estrés del ambiente no fue el enemigo de su desarrollo. Fue su motor.

A la escala de las especies, la presión selectiva talló capacidades que en un mundo cómodo nunca habrían aparecido. A la escala de un individuo, la plasticidad hace algo parecido en tiempo real: nos volvemos capaces de aquello que nos exige. Son dos relojes distintos: la evolución tarda milenios, el aprendizaje tarda una tarde. Pero cuentan la misma historia, y esa historia le habla directo a quien diseña. Una herramienta que nos saca toda la exigencia de encima nos ofrece el equivalente cognitivo de un ambiente sin ninguna presión: cómodo, y de a poco debilitante. La capacidad que no se usa no se conserva. Se pierde.

Conviene no romantizar el estrés: demasiada presión no forja nada, mata. Pero eso es, otra vez, la cuestión de la dosis. El punto no es que el sufrimiento sea bueno. Es que la vida construye sus habilidades respondiendo a un desafío, nunca en su ausencia.

No pensamos solos

Hay un segundo principio biológico que cambia todavía más la forma de mirar esto, y que arranca de una idea que en diseño ya conocemos: no pensamos solos. En un artículo anterior conté que el cuaderno, y no la IA, suele ser mi verdadera interfaz de pensamiento. Eso tiene un nombre en filosofía de la mente, la mente extendida: la idea de que pensar no ocurre solo dentro del cráneo, sino repartido entre la persona, sus objetos y su entorno. El cuaderno, el mapa, el buscador, y ahora la IA, forman parte del proceso; no son externos a él.

La biología tiene su propia versión de esto, y es más radical. Se llama holobionte: la idea de que un organismo no es un individuo aislado sino un consorcio, un cuerpo más todos los microorganismos que viven con él y sin los cuales no funcionaría. No es una metáfora amable. La bióloga Lynn Margulis mostró que las mitocondrias, las estructuras que producen la energía de cada una de nuestras células, fueron alguna vez bacterias libres que quedaron dentro de otra célula y se quedaron a vivir ahí. Esa fusión, esa alianza antigua, es la que hizo posible la vida compleja. No llegamos hasta acá compitiendo solos. Llegamos integrando a otros.

Si la mente extendida es real, entonces cada uno de nosotros, mientras piensa, es una especie de holobionte cognitivo: una persona mas las herramientas con las que piensa. Y ahí la pregunta de diseño se vuelve la más filosa de todas. Cuando incorporamos la IA a ese consorcio, ¿qué clase de simbionte estamos sumando? Porque la biología conoce dos. El mutualista, como la mitocondria, que le da al huésped una vida más rica de la que tendría solo. Y el parásito, que se instala, se aprovecha y deja al huésped más débil de lo que lo encontró. La misma relación de dependencia puede ir para cualquiera de los dos lados. Buena parte de la ética del diseño de IA cabe en esa distinción.

Diseñar la fricción, y decidir la dosis

¿Qué significa, en concreto, diseñar una IA mutualista? Significa dejar de preguntar solo qué podemos automatizar y empezar a preguntar qué conviene no automatizar. Una IA puede generar una estrategia, pero no puede generar al estratega: el juicio no se entrega en un output, se construye ejercitándolo. Diseñar para eso es diseñar fricción a propósito, en el lugar donde forma en vez de estorbar.

Algunas formas son sorprendentemente simples. Un sistema que, en lugar de darte la respuesta, a veces te devuelve una pregunta: qué estás asumiendo, qué evidencia te haría cambiar de idea. Un flujo que no te deja avanzar hasta que podés demostrar que entendiste lo que la máquina produjo; un pequeño examen, no como castigo, sino como prueba de que atravesaste el trabajo y no solo lo delegaste. Un asistente que muestra su incertidumbre en vez de actuar certeza, y que con eso te empuja a verificar en lugar de confiar a ciegas. Cada uno de estos gestos reintroduce, de manera deliberada, la dosis de esfuerzo que crea entendimiento.

Pero acá hay que sostener una incomodidad en vez de taparla. Diseñar la fricción de otro es también decidir por otro. Si construyo un sistema que interrumpe tu consenso, o que te frena hasta que rindas un quiz, estoy ejerciendo una forma de autoridad sobre tu manera de pensar: yo decido cuál es el esfuerzo que te conviene, y cuándo podés seguir. A la escala de una persona parece cuidado. A la escala de millones de personas usando el mismo sistema, es el diseño de una cultura cognitiva entera, con todo lo que eso tiene de poder. La fricción benévola y la imposición se parecen más de lo que nos gustaría. No tengo una manera limpia de separarlas, y desconfío de quien diga que la tiene.

Quizás por eso la pregunta correcta no sea del todo de diseño, sino de relación. Durante años nos preguntamos si una herramienta nos hacía más rápidos. Después, algunos empezamos a preguntarnos si nos dejaba pensando mejor. Pero esas dos preguntas se responden en un instante, y esto se juega en el tiempo largo. Un mutualista y un parásito pueden sentirse idénticos el primer día; se distinguen recién después de meses, cuando uno te dejó más capaz y el otro te dejó más dependiente sin que lo hayas notado.

Tal vez, entonces, lo que deberíamos preguntarle a cada sistema que diseñamos no sea si resolvió la tarea, ni siquiera si mejoró una decisión, sino algo más lento y más incómodo: después de un año de usarlo, ¿nos volvió más capaces o sólo más cómodos? La biología no promete que la alianza salga bien. Una mitocondria y un parásito empiezan igual, como huéspedes que llegan. Lo que define en cuál se convierten no es la herramienta: es la dosis de esfuerzo que decidimos conservar, y quién llega a decidirla.

Y quién decide es, para mí, el corazón de todo esto. Nadie va a venir de afuera a llevarlo hacia su mejor versión: la mayoría de las veces vamos a estar cada uno con nuestro propio criterio, resolviendo sobre la marcha. Suena a intemperie, pero es un espacio abierto. Y los espacios abiertos son de quienes diseñan.

Como los filósofos que alguna vez se hicieron cargo de las preguntas grandes de su época, hoy nos toca una más callada pero igual de honda: qué le pasa al pensamiento humano cuando empezamos a delegarlo. No hace falta que todos la carguen; alcanza con volverse consciente de ella para dejar de diseñar en automático. Ese es nuestro lugar, si nos animamos a ocuparlo. Y ojalá lo ocupemos como quien sabe que del otro lado, siempre, hay una mente formándose.

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