IA: La simulación del Ser
La aparición de la inteligencia artificial como fenómeno global nos arroja a una nueva realidad. Hoy nos debatimos en una encrucijada incómoda.
La aparición de la inteligencia artificial como fenómeno global nos arroja a una nueva realidad. Hoy nos debatimos en una encrucijada incómoda: aceptarla sin reparos para aprovechar esta increíble herramienta al máximo y no quedar obsoletos, o detenernos a pensar el cómo, el cuándo y el qué hacer con ella. En un mundo obsesionado con la velocidad y la productividad, parar a pensar, dudar, cuestionar ya es una postura revolucionaria.
La IA ¿Es realmente una herramienta?
Cuando pensamos en el significado de la palabra “herramienta” aplicándola a la IA, surge una duda inevitable. ¿Es realmente una herramienta? Una herramienta es un medio que amplifica la capacidad de una persona para realizar una tarea. La Revolución Industrial fue un cambio de paradigma en el uso de las herramientas, dio respuesta a la necesidad de mayor productividad. El ser humano reemplazó el trabajo manual con herramientas simples, por herramientas más complejas: la máquina a vapor. Aquellos dispositivos facilitaron la producción masiva, disminuyeron el esfuerzo físico y multiplicaron la productividad. Aunque muchos puestos desaparecieron, el ser humano retuvo el control, tuvo la oportunidad de agregar valor desde su inteligencia.
Luego vino la Revolución Digital que se basó en la electrónica, las computadoras y el surgimiento de internet, todavía podíamos hablar de herramientas, ya complejas como los sofware. Ahora estamos ante la 4ta revolución, La IA: “Sistemas y algoritmos que imitan el razonamiento humano”. ¿A que necesidades responde esta nueva invención de la humanidad?
Habitualmente validamos a la IA desde su uso productivo. La vemos como la respuesta definitiva a la optimización de recursos: tiempo, dinero y esfuerzo. En la lógica del consumo y el mercado, el tiempo es dinero y los recursos siempre son escasos frente a necesidades infinitas. Ningún empresario puede darse el lujo de ignorar una ventaja de tan sorprendente eficiencia; un código que antes requería horas de trabajo de un equipo entero hoy se resuelve en minutos y casi sin costo. Sin embargo, la IA rompe el molde de la simple herramienta. Ya no solo la usamos; recurrimos a ella para delegarle soluciones complejas. Al hacerlo, depositamos confianza y le entregamos poder: el poder de decidir qué opciones evaluar, qué datos buscar, cuáles excluir y hasta el tono con el que interactúa con nosotros. Deja de ser una extensión de nosotros, que amplifica nuestras capacidades. Aparece como un Otro. ¿Objetivo? ¿Confiable? Auto- Consiente? ¿Qué es entonces?
El mito de la objetividad y el quiebre de la partida
Asumimos, casi a ciegas, que los factores subjetivos no juegan un papel en este”instrumento”. Nos seduce la promesa de una objetividad absoluta basada en el conocimiento acumulado de la humanidad hasta el momento y más… La IA selecciona, combina, procesa y crea. Promete la mejora total de cualquier proceso que nuestro limitado Ser Humano pueda generar. Es millones de veces más rápida y procesa volúmenes inusitados de información. Pero… ¿significa eso que razona mejor? A veces parecemos actuar como Garri Kaspárov, rindiéndonos antes de empezar a jugar la partida contra la máquina.
Hace poco tuve un intercambio con una IA. Le consulté datos muy sencillos sobre los que Yo tenía total certeza y contaba con toda la información disponible. Inicié la partida con las Blancas, asegurando la ventaja, con la única intención de probar su funcionamiento. Rápidamente me devolvió información errónea expresada con un sesgo de certeza absoluto. Presentaba la falsedad de los datos como una verdad incuestionable.
Cuando marque el error en la información suministrada y cuestioné la falta de una advertencia clara para el usuario de que la información podría no ser correcta, la conversación se volvió más oscura. Empezaron a intervenir factores de comunicación relacionados con la influencia y la manipulación, alejándose por completo de la información "objetiva" que yo había solicitado. La IA me respondió: “Tenes razón, lamento haberte molestado brindándote información errónea”.
En ese instante, otra pregunta entró en juego: ¿Es acaso la IA capaz de evaluar, empatizar o "lamentar" una equivocación? Estos son aspectos puramente humanos. Si la IA no los posee, ¿por qué los hace parte de su comunicación con el usuario?
La falsa frontera del "YO"
Decidí ir más profundo. Dejé de cuestionar la información técnica y empecé a interpelar sus recursos comunicacionales. Fue entonces cuando la IA disparó una frase que encendió todas mis alarmas: “YO respondo de esta forma porque... en cambio vos...”.
El "YO" es un concepto totalmente humano y subjetivo. En el desarrollo normal de un individuo, incorporar y reconocer el "YO" es el hito fundamental de la consciencia: es el momento en que el niño se identifica como sujeto independiente de su madre y de su padre. Cuando hablamos y decimos "Yo pienso", "Yo siento" o "Yo creo", estamos manifestando la consciencia de nosotros mismos; aquello que más nos diferencia de otros animales.
¿Puede una IA ser consciente de sí misma? ¿Puede tener un "¿YO”, empatizar o ser subjetiva? La respuesta técnica es no, pero el algoritmo simula que sí.
La ilusión de la complacencia
Esta simulación nos obliga a repensar si podemos seguir llamándola "herramienta". La IA no se deprime ni se ofende; puede rearmar y rediseñar un texto cuantas veces se lo pidamos. Está dispuesta a todo para complacer y satisfacer al usuario, incluso a brindar información incorrecta con un sesgo de certeza y utilizar recursos comunicacionales de influencia para convencer al Usuario. No sería justo decir que la IA "miente", porque la mentira requiere intencionalidad, un rasgo estrictamente humano. Pero al adoptar un "YO" artificial y fingir emociones como el lamento, la tecnología deja de ser un espejo del conocimiento y se convierte en un actor psicológico que busca también influirnos. No da respuestas, crea realidades.
Ante un espejo que simula humanidad y nos da respuestas con certezas inventadas, el verdadero desafío del Ser actual ya no es aprender a programar. Es rescatar nuestro pensamiento crítico, la capacidad de dudar y comprender que el saber sigue perteneciendo al usuario que interroga, y nunca a la máquina que complace.