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Código Le Parc

Le Parc diseñaba estados perceptivos mucho antes de que la tecnología convirtiera eso en una industria. Sus obras no se miraban pasivamente.

Silvina Scarano Semana 02 Read in English
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abstracto hombre y arte
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Estoy en el aeropuerto de una ciudad que todavía conserva una mezcla de sofisticación y caos sin perder identidad. Una ciudad donde conviven acentos distintos, arquitectura europea reinterpretada por Latinoamérica, galerías de arte, librerías eternas, estudios de diseño, cafés, coworks y artistas; grandes artistas.

Mientras espero un vuelo, levanto la vista y aparece suspendida la enorme esfera dorada de Julio Le Parc. "Sol” flota sobre miles de personas hipnotizadas por sus pantallas. Reconocido por su arte cinético, Le Parc transformó la luz, el dinamismo y las superficies espejadas en una experiencia diseñada para desafiar los sentidos del espectador y llevarlo directo al corazón de la obra. Y de golpe pienso algo bastante simple: Le Parc tuvo la visión del mundo digital cuando internet era todavía una utopía.

En los años sesenta no tenían inteligencia artificial. No tenían renderización en tiempo real. No tenían datasets. Ni necesitaban decir “experiencia inmersiva” cada treinta segundos. Tenían otra cosa: obsesión por la percepción humana.

Le Parc diseñaba estados perceptivos mucho antes de que la tecnología convirtiera eso en una industria. Sus obras no se miraban pasivamente; había que atravesarlas, mover el cuerpo, perder la estabilidad visual, dejar que la luz modificara el espacio y el tiempo. Perderse.

Por eso la retrospectiva que inaugura en junio en la Tate Modern no funciona como una revisión nostálgica del arte cinético. Funciona, casi, como una revelación: gran parte de la lógica sensorial que hoy domina el arte digital ya estaba ahí. Sus laberintos de luz, sus superficies espejadas y sus pinturas de gran formato nacen de una estricta geometría combinatoria.

Hay algo fascinante en visitar la obra de Julio Le Parc con los ojos del siglo XXI. El despliegue de sus célebres esculturas cinéticas, esos móviles que multiplican los destellos y atrapan al espectador, se leen hoy como el eslabón perdido entre el arte tradicional y la cultura pixelada. Sus cajas lumínicas y juegos ópticos fueron, en esencia, las primeras pantallas interactivas; dispositivos mecánicos pensados para sorprender, descentrar y democratizar el arte. Hoy recorrer su sitio web es un manifiesto interactivo

Para Le Parc, la obra nunca estuvo cerrada, necesitó siempre de un "usuario" que la caminara y la completara, anticipándose por completo a las dinámicas del arte digital interactivo. Como una pieza "desprogramada" hasta que nuestra mirada y nuestra experiencia en la sala la encienden y le dan vida. Es una lección de arte visionario, ideal para entender de dónde viene el entorno virtual que hoy nos deslumbra. Los algoritmos más bellos necesitan, de manera irreemplazable, de un ojo humano para cobrar vida. La tecnología no es el centro de la experiencia; el ser humano sí.

Y mientras veo este sol suspendido en medio del aeropuerto, pienso que Le Parc no le temió a la tecnología. La miró con curiosidad, lo hizo a los 20 y lo sigue haciendo hoy, a sus 97 años. Nos recuerda que los grandes cambios nacen de grandes ideas y que la tecnología será siempre una herramienta para expandir el asombro humano. El arte no está en el software que maneja los códigos, sino en la mano humana que se anima a moverlos.

Move!

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