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La Brecha de Capacidad

El espacio entre lo que la IA puede hacer y lo que las empresas realmente pueden usar.

Oscar Scarano Semana 15 Read in English
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abstracto hombre parado en puente angosto
AI assisted/generated image

La capacidad de la IA avanza más rápido que su adopción en las empresas. La afirmación empieza a resultar casi obvia. Cada pocos meses, los modelos incorporan nuevas capacidades, bajan los costos, mejoran las interfaces, aumentan las ventanas de contexto y tareas que hasta hace poco requerían sistemas especializados pasan a estar al alcance de herramientas de propósito general. Dentro de la mayoría de las organizaciones, sin embargo, el cambio sigue avanzando aproximadamente a velocidad humana.

Se aprueban presupuestos. Se relevan procesos. Se realizan evaluaciones de seguridad. Alguien tiene que entender el problema, otra persona identificar la herramienta, alguien más integrarla y, finalmente, un equipo debe confiar lo suficiente en el resultado como para cambiar su forma de trabajar. Una curva acelera mientras la otra avanza de manera incremental. Lo interesante es lo que está surgiendo entre ambas.

El espacio entre ambas

La brecha de capacidad suele describirse como un problema de adopción: la tecnología existe y las empresas no logran incorporarla con suficiente rapidez. Eso es cierto solo en parte. La brecha se está convirtiendo en un espacio económico y profesional en sí mismo, poblado por personas que intentan traducir posibilidades técnicas que se expanden rápidamente en procesos que realmente funcionen.

Algunos son ingenieros. Otros trabajan en operaciones. Hay consultores, fundadores, especialistas de producto, expertos en automatización, analistas o simplemente empleados especialmente curiosos que empezaron a experimentar antes que los demás. No necesariamente comparten un mismo cargo, pero sí una función. Observan un proceso de negocio y formulan una pregunta nueva: dado lo que hoy pueden hacer las máquinas, ¿este proceso debería seguir funcionando de esta manera?

Esa pregunta está empezando a ser más valiosa que saber utilizar cualquier producto específico de IA.

Los nuevos traductores

Desde hace años, las organizaciones tecnológicas necesitan personas capaces de traducir entre los equipos técnicos y los equipos de negocio. La IA amplifica ese problema de traducción. El lado técnico suele comprender las capacidades, pero carece de contexto. Sabe qué puede automatizarse, generarse, clasificarse, buscarse o inferirse, pero puede no comprender dónde esas capacidades generan un valor económico significativo. El lado del negocio entiende el flujo de trabajo, pero con frecuencia tiene apenas una idea parcial de lo que recientemente se ha vuelto posible.

Entre ambos está apareciendo un nuevo tipo de profesional. Puede saber lo suficiente sobre modelos, APIs y automatización como para entender las herramientas disponibles, pero también lo suficiente sobre operaciones como para reconocer fricción, excepciones, incentivos y riesgo. Los mejores no son simplemente especialistas en IA. Son optimizadores de procesos que tienen a la IA dentro de su conjunto de herramientas.

La diferencia importa. Las empresas rara vez necesitan más IA. Necesitan mejores procesos de compras, atención al cliente más rápida, menor carga administrativa, mejores pronósticos, menos conciliaciones manuales, mejor acceso al conocimiento institucional o ciclos de decisión más cortos. La IA resulta útil cuando pasa a formar parte de la respuesta en lugar de convertirse en el objetivo.

La ansiedad de lo posible

Hay otra consecuencia de la capacidad exponencial que recibe menos atención: quienes lideran las organizaciones ahora deben mantener un nivel inusual de conciencia sobre lo que se está volviendo posible. Y eso es difícil porque el conjunto de oportunidades cambia constantemente.

Un sistema evaluado hace seis meses puede merecer una nueva revisión hoy. Un flujo de trabajo descartado por ser demasiado complejo puede haberse vuelto viable. Un proyecto que requería desarrollo a medida puede ahora resolverse mediante la combinación de una plataforma existente, una API y una cantidad relativamente pequeña de trabajo de integración.

Esto genera una nueva forma de ansiedad gerencial: la sospecha de que, en algún lugar de la empresa, existe un proceso que se sigue realizando de manera costosa simplemente porque nadie se preguntó recientemente si todavía tiene que hacerse así. La respuesta equivocada es la experimentación permanente. Las organizaciones no pueden reconstruirse cada vez que aparece un nuevo modelo.

La respuesta más razonable es desarrollar un mecanismo que permita separar lo posible de lo útil. Eso significa observar continuamente la evolución de las capacidades, pero modificar las operaciones de manera selectiva.

Para quienes están del lado técnico

No empiecen por el modelo. Empiecen por el proceso. Busquen dónde las personas copian información entre sistemas, buscan repetidamente el mismo conocimiento, clasifican manualmente entradas previsibles, reescriben contenidos similares, concilian conjuntos de datos o toman decisiones de bajo riesgo a partir de patrones reconocibles. Después determinen si la IA mejora realmente la economía de esa actividad.

La sofisticación técnica sin comprensión de los procesos produce demostraciones impresionantes y implementaciones decepcionantes. Hay que entender suficientemente el negocio como para identificar dónde se están consumiendo realmente el tiempo, el dinero y la atención.

Para quienes están del lado del negocio

No deleguen por completo su comprensión de la IA. No necesitan saber cómo entrenar un modelo, pero cada vez resulta más importante tener una idea práctica de lo que los modelos son capaces de hacer. De lo contrario, será difícil reconocer las oportunidades cuando aparezcan.

Mantengan un inventario breve de procesos costosos, repetitivos, lentos o dependientes de conocimiento escaso, y vuelvan a revisarlo periódicamente. La tecnología va a cambiar más rápido que esos problemas. Un proceso que el año pasado no tenía una solución convincente puede tenerla hoy.

Para quienes están dentro de la brecha

Este puede ser el lugar más interesante de todos. Si pueden hablar suficiente tecnología como para comprender las capacidades y suficiente negocio como para entender sus consecuencias, probablemente su valor aumente. Pero hay que evitar convertirse en la persona que simplemente introduce IA en todas partes. El trabajo no consiste en maximizar la adopción. Consiste en maximizar la mejora.

A veces eso implica un modelo. A veces, automatización. A veces, una mejor integración entre sistemas. Y otras veces significa rediseñar el proceso antes de aplicar cualquier tecnología. La habilidad valiosa es el criterio: comprender qué es posible, qué es práctico y cuánto cuesta atravesar la distancia entre ambos.

Una brecha permanente

La brecha de capacidad probablemente no se cierre. Si el desarrollo de los modelos continúa avanzando más rápido que el cambio organizacional, siempre habrá cierta distancia entre la frontera tecnológica y la práctica cotidiana de las empresas. Eso no constituye necesariamente un fracaso. Puede convertirse simplemente en una característica permanente de las organizaciones modernas.

La ventaja estratégica pertenecerá menos a las empresas que adopten todo primero que a aquellas que se vuelvan especialmente buenas para recorrer esa distancia. Entre lo que las máquinas pueden hacer y lo que las empresas realmente hacen está tomando forma un campo de trabajo completamente nuevo y, cada vez más, es en ese espacio donde se encuentra el valor.

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