Los Museos Reinician Su Sistema Ético
El nuevo Código de Deontología del ICOM redefine cómo los museos deben usar la inteligencia artificial, los datos y las tecnologías digitales.
La última vez que pisaste un museo, probablemente pasaste tanto tiempo mirando la pantalla de tu teléfono como las paredes de las salas. Escaneo de código QR para la audioguía, filtro de Instagram en la sala inmersiva y un avatar en 3D explicándote por qué ese cuadro del siglo XVII sigue siendo un mood.
La tecnología abrió nuevas aproximaciones, y la verdad es que nos encanta. Pero entre tanto deslumbre digital, realidad aumentada e inteligencia artificial procesando datos, había que hacerse la pregunta:
¿Quién controla al algoritmo dentro de la sala?
París acaba de respondernos. El Consejo Internacional de Museos (ICOM), una red de más de 60.000 expertos en 139 países, aprobó en su 41.ª Asamblea General la actualización oficial de su Código de Deontología.
En lenguaje del siglo XXI: se acaba de instalar el patch ético más importante de las últimas décadas.
No fue una reunión improvisada en un café parisino. Esta gestión es el resultado de años de intenso debate liderados por el Comité de Deontología (ETHCOM) e involucró a comités nacionales, alianzas regionales y mentes creativas de todo el planeta.
¿El objetivo? Crear un sistema común que nos proteja a todos.
La letra chica que todos debemos leer
A primera vista, “código de deontología” suena a documento aburrido que vive en un archivo PDF. Error.
Esta revisión responde directamente a los grandes temas que incendian nuestras redes todos los días, y lo hace fijando reglas claras. De hecho, el apartado Profesionalidad, P. 7 del nuevo código va directo al hueso y pone las cartas sobre la mesa para la dirección de cada institución: la tecnología no se puede usar a ciegas ni a cualquier costo.
El texto es contundente:
“El equipo directivo del museo debe supervisar el uso de las tecnologías digitales dentro de la institución, evaluar sus ventajas y velar por que no resulten perjudiciales. [...] El equipo directivo del museo debe velar por un uso de los medios digitales y las tecnologías que se ajuste a las normas establecidas, así como a los objetivos y la misión institucional.”
En la era de los deepfakes, el sesgo algorítmico y la desinformación masiva, el ICOM exige que todo el personal y los colaboradores del museo asuman una postura activa para minimizar riesgos en áreas críticas.
Quienes utilicen estas herramientas deben proceder con cautela para evitar la difusión de datos falsos o erróneos generados por tecnologías sin curaduría.
Además, se pide máxima conciencia sobre el impacto de las nuevas tecnologías en los derechos de la propiedad intelectual, en los derechos de los pueblos originarios y en la soberanía de los datos en el entorno digital.
Cuidar el planeta
No basta con que una pantalla sea deslumbrante. Hay que evaluar las implicaciones éticas y el impacto ambiental real de mantener semejante infraestructura tecnológica encendida.
En resumen: si la tecnología distorsiona la verdad, vulnera derechos culturales o contamina sin control, rompe con la misión fundamental del museo de estar al servicio de la sociedad.
Flexibilidad “open source” para un mundo diverso
El ICOM entendió que el mundo no es homogéneo. La realidad de un megamuseo financiado de pared a pared no tiene nada que ver con un espacio cultural independiente o un centro comunitario.
Por eso, la normativa establece principios universales, pero deja margen de maniobra para que cada espacio lo adapte a su contexto jurídico, cultural y de recursos, acompañando todo con guías súper prácticas para la gestión cotidiana.
Los museos ya no son catedrales silenciosas del pasado. Hoy son laboratorios vivos donde lo físico y lo virtual conviven a diario.
Que la comunidad museística global decida actualizar sus reglas de juego para garantizar un futuro más justo, transparente e innovador no es solo una buena noticia para los historiadores: es una victoria para todos los que consumimos cultura en la era del scroll infinito.