¿Y Tus Lágrimas?
Marina Abramović, Maria Callas y aquello que la inteligencia artificial todavía no puede copiar. ¿O sí?
Cuando Ulay se sentó frente a ella en el MoMA, el silencio se llenó con décadas de historia compartida, amor y heridas del pasado. Marina Abramović no pudo contener la emoción: su mirada se desbordó en lágrimas y rompió sus propias reglas de la performance al extender las manos para tocarlo.
En el marco de la performance The Artist Is Present (MoMA, 2010), Abramović (una de las artistas más influyentes en la historia de la performance contemporánea) había permanecido durante semanas inmóvil frente a desconocidos, sin hablar, sin tocar, sosteniendo la mirada. Pero cuando apareció Ulay, el hombre que había sido su pareja y compañero artístico durante años, algo se quebró.
Las reglas de la performance cedieron ante algo más poderoso: la memoria de un amor real.
Esas lágrimas son, para mí, una de las imágenes más conmovedoras de la historia del arte contemporáneo. Porque allí el cuerpo dejó de ser una herramienta de la obra y se convirtió en evidencia. Evidencia de que hay experiencias que no pueden ser completamente controladas, representadas ni repetidas.
Y justamente las lágrimas vuelven a aparecer, años después, en su reciente propuesta. En septiembre de 2026, en AaltoSiilo, en Oulu, Finlandia, Abramović presenta Skin, Salt and Tears, una exposición creada junto a Factum Arte, el estudio madrileño especializado en tecnologías de registro, reproducción y conservación.
La muestra reúne obras nuevas que nacen de una colaboración de varios años entre la artista y el equipo de Adam Lowe.
La piel aparece aquí literalmente como material artístico. Diez obras están realizadas a partir de la propia piel de Abramović mediante innovadores procesos de impresión. Es una decisión profundamente coherente con una artista que durante cinco décadas convirtió su cuerpo en territorio de experimentación: un cuerpo que soporta, resiste, envejece, siente y finalmente desaparece.
Pero Abramović no se limita a conservar su propia huella. También transforma el dolor en materia.
Una cabeza de la artista, realizada en sal, funciona como una especie de autorretrato vulnerable. La elección del material no es casual: la obra habla del mar Báltico, que está perdiendo salinidad como consecuencia de los cambios ambientales. Al enfriarse, la escultura se agrietó. Y esas grietas, lejos de ser un defecto, quedaron incorporadas a la obra como una imagen de fragilidad.
Después están las lágrimas. Abramović las convierte en vidrio: lágrimas de tristeza y de esperanza. Las primeras están vinculadas a Venecia, ciudad amenazada por el aumento del nivel del mar; las segundas, a Oulu, donde el terreno se eleva actualmente más rápido que el nivel del mar debido al rebote posglacial. Dos ciudades, dos movimientos opuestos del paisaje y una misma artista tratando de convertir una emoción en materia.
Hay algo casi alquímico en la operación: piel, sal y lágrimas dejan de ser partes del cuerpo para convertirse en obras capaces de sobrevivirlo.
Cuando la electricidad dibuja
Como parte de la propuesta se presenta, además, Electrostatic. Abramović y Factum Arte dirigen la mirada hacia otro fenómeno invisible: la electricidad. En el estudio de Factum, las antiguas luces industriales fueron retiradas, pero quedaron las huellas de la carga electrostática que había atraído y acumulado polvo sobre las superficies. El resultado son impresiones que registran esas marcas. No hay una imagen dibujada. Hay un rastro. Una fuerza invisible que, a lo largo del tiempo, dejó una huella visible. Electricidad, polvo, tiempo y ausencia.
La obra vuelve tangible una preocupación que atraviesa buena parte de la obra de Abramović: hacer visible lo invisible. Es el registro de una atracción que ocurrió lentamente, durante un período prolongado.
Callas multimedia
Durante la exposición se proyecta, además Seven Deaths of Maria Callas, el proyecto de Abramović que nació de su fascinación por la legendaria soprano. La artista conoció la voz de Callas siendo adolescente, cuando la escuchó por primera vez en la radio en Belgrado. Décadas después decidió reconstruir siete muertes de heroínas operísticas asociadas a Callas, interpretándose a sí misma junto a Willem Dafoe.
La relación entre ambas no es biográfica, sino emocional. Abramović reconoce en Callas una mujer que convirtió el dolor, el amor y la muerte en una forma de expresión artística. Las siete escenas toman como punto de partida arias fundamentales del repertorio de Callas y las transforman en una experiencia híbrida entre ópera, cine, performance y arte multimedia.
Hay, además, una decisión conceptual fundamental: Abramović no intenta hacer que Callas vuelva a vivir. En una entrevista explicó que incluso hubo un intento de recuperar a la soprano mediante un holograma, pero que esa imagen tecnológica no podía sustituirla. Por eso, en 7 Deaths, la voz de Callas aparece desde un gramófono y se interrumpe antes de terminar el aria. El final debe completarlo la memoria del espectador.
En Skin, Salt and Tears, Abramović parece construir una cadena de traducciones: del cuerpo a la huella, de la emoción al objeto, de la energía a la imagen y de la experiencia al archivo.
La artista no intenta llenar los vacíos. Los hace visibles. La lágrima de Marina frente a Ulay no puede separarse de aquel instante. Ni las de Callas, ni las nuestras. Sin embargo, el arte las traduce a un idioma universal.
Una lágrima es minúscula. Frágil. Imposible de repetir exactamente. Contiene agua, sal y, sobre todo, una circunstancia irrepetible que todavía no se puede digitalizar. Una lágrima no es un JPG, ni un bit ni 8K. No tiene resolución ni peso en megabytes.
Tiene algo que ningún archivo puede almacenar: haber sucedido.
Skin, Salt and Tears,
Del 2 al 5 de septiembre de 2026 AaltoSiilo, Oulu, Finlandia