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FRIDA Antes del Avatar

Hay artistas que construyen una obra. Y hay artistas que construyen, además, el personaje que habita esa obra. Frida Kahlo hizo las dos cosas.

Silvina Scarano Semana 17 Read in English
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abstracto Frida Khalo
AI assisted/generated image

No es casual que Frida vuelva a ocupar tantas salas en este septiembre de 2026. En Londres, Tate Modern presenta Frida: The Making of an Icon. En Santander, Faro Santander acaba de abrir sus puertas con una selección de la Colección Gelman Santander, que reúne obras de Frida junto a otros grandes nombres del arte mexicano. Y en Buenos Aires, MALBA se prepara para recibir Viva Frida, desde el 20 de septiembre, en el marco de sus 25 años.

Tres instituciones. Tres miradas. Una misma pregunta que vuelve a aparecer, casi inevitablemente, en 2026:

¿Qué tiene Frida que todavía necesitamos mirar?

Quizás la respuesta esté, justamente, en algo que hoy nos resulta familiar: Frida entendió que una identidad también puede construirse como una imagen.

Su padre, Guillermo Kahlo, era fotógrafo profesional. Frida creció entre cámaras, placas y fotografías. Aprendió a trabajar con imágenes y utilizó la fotografía no solamente para documentarse, sino también para construir su propia representación.

Después apareció el espejo.

Tras el accidente de 1925, Frida pasó largos períodos inmovilizada. Durante su recuperación, un espejo colocado sobre su cama y un caballete adaptado para pintar acostada le permitieron convertir su propio cuerpo en objeto de observación y, finalmente, en materia artística.

Frida comenzó a pintarse. Una y otra vez. Flores en el pelo. Joyas. Vestidos tradicionales. Animales. Colores. La célebre ceja. Una mirada frontal que no pide permiso.

Frida fue creando una identidad visual reconocible mucho antes de que existieran Instagram, los filtros o los avatares.

Fue, en cierto modo, su propio avatar.

Pero hay una diferencia fundamental: Frida no utilizó la imagen para esconderse. La utilizó para mostrarse.

Y mostró aquello que una tecnología contemporánea probablemente intentaría corregir: el dolor, las operaciones, los corsés, la discapacidad, la amputación, las cicatrices, la fragilidad.

No produjo una versión mejorada de sí misma. Produjo una versión más intensa.

Décadas después, Cindy Sherman llevó esa idea hacia otro lugar: utilizó su cuerpo para construir personajes y cuestionar la identidad, sin que sus fotografías fueran necesariamente autorretratos. Hoy, artistas como Lu Yang trabajan con avatares, videojuegos y mundos virtuales, donde el personaje puede existir independientemente del cuerpo físico del artista.

Entre Frida, Sherman y Lu Yang hay una transformación interesante: del autorretrato al personaje y del personaje al avatar.

No es que Frida haya anticipado el arte digital. Es que las preguntas que ella trabajó con pintura y fotografía hoy encuentran nuevas herramientas.

No sabemos si Frida habría usado IA.

Pero sí podemos mirar su relación con las herramientas de su tiempo: la fotografía, el espejo, el vestuario, la puesta en escena, la construcción deliberada de su propia imagen.

En Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos, de 1932, se coloca literalmente entre dos mundos: de un lado, México, la naturaleza y la tradición; del otro, las fábricas, la electricidad y las máquinas.

No es una artista ajena a la modernidad. Es una artista que negocia con ella.

Una Frida del siglo XXI probablemente no le pediría a una inteligencia artificial que la hiciera más bella. Le pediría que la multiplicara.

Una Frida convertida en máquina. Otra con alas. Otra con su cuerpo atravesado por cables. Otra enfrentada a su propio doble digital. Diez Fridas mirándose entre sí. Una Frida anciana conversando con la joven que todavía no sabía lo que le esperaba.

No para desaparecer. Para expandirse.

Porque la gran cuestión que atraviesa su obra no es solamente cómo se ve un cuerpo. Es quién tiene derecho a construir la imagen de ese cuerpo.

Y esa pregunta resulta especialmente contemporánea ahora que una máquina puede reproducir su imagen.

Puede reproducir su ceja. Sus flores. Sus colores. Sus símbolos. Puede fabricar una estética Frida. Lo que no puede fabricar tan fácilmente es la experiencia.

Puede crear una columna vertebral rota. Pero no haber vivido dentro de ella.

Puede generar una lágrima, pero no sufrir el dolor que la causó.

Y puede producir una Frida perfecta. Aunque presiento que esa sería la Frida que menos le interesaría.

Porque lo que vuelve extraordinaria a Frida no es que haya convertido su imagen en un ícono. Es que convirtió su herida en lenguaje.

Por eso las exposiciones que hoy vuelven a ponerla en escena resultan tan oportunas. Tate la observa desde la construcción de un ícono. Faro Santander la devuelve al contexto del arte moderno mexicano a través de la Colección Gelman. MALBA pone en el centro su vida, su obra y, especialmente, la construcción de su identidad.

Frida funciona en un mundo dominado por imágenes artificiales porque ella también fabricó una imagen de sí misma. Solo que detrás de aquella imagen había una vida que no podía editarse. La herida que convirtió a Frida en Frida.

Hoy podemos pedirle a una máquina que cree mil Kahlo. Podemos hacerlas jóvenes, ancianas, felices, perfectas, imposibles. Tal vez, si ella estuviera hoy frente a una pantalla, no le pediría a la IA que la copiara. Le pediría algo mucho más radical: que imaginara quién podría haber sido Frida si su cuerpo nunca hubiera conocido el dolor.

Y después, probablemente, volvería a pintarse a sí misma.

FRIDA. Tres miradas

Tate Modern — Londres, Inglaterra

Frida: The Making of an Icon

25 de junio de 2026 – 3 de enero de 2027.

Faro Santander — Santander, España

México Moderno en la Colección Gelman Santander

8 de septiembre de 2026 – 10 de enero de 2027.

MALBA — Buenos Aires, Argentina

Viva Frida

20 de septiembre de 2026 – 15 de marzo de 2027.

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